¿Y el espacio para la pregunta?



Palabras clave: subjetividad, ética, psicoanálisis, ciencia, filosofía, sociedad, cultura, redes sociales.



El hecho del que debe partir todo discurso sobre la ética es que el hombre no es, ni ha de ser o realizar ninguna esencia […] Sólo por esto puede existir algo así como una ética: pues está claro que si el hombre fuese o tuviese que ser esta o aquella sustancia, este o aquel destino, no existiría experiencia ética posible, y sólo habría tareas que realizar.

Giorgio Agamben



En Un mundo sin límite, Jean-Pierre Lebrun (2003) nos recuerda que desde el siglo VI el discurso de la ciencia buscaba liberarse de su deuda con respecto a lo que implica hablar. Y hasta hoy, su oferta ha consistido en un saber que lo tiene «todo». Cuando esto último no es así, su promesa es que implementará lo que haga falta en su siguiente versión para poder contenerlo. Frente a este discurso Lebrun sostiene: “nuestro aporte como psicoanalistas será precisamente mostrar que ese desarrollo vehiculiza en su seno aquello de lo que se beneficie el sujeto para no tener que asumir las consecuencias de lo que implica hablar” (p. 48).

Sucede que la responsabilización subjetiva se difumina en la virtualidad que paradójicamente el propio ser hablante hace funcionar «¡al alcance de sus manos!». Dentro del basto campo del código virtual yacen brechas donde la responsabilidad subjetiva es omitida, creándose así lo que considero un desvanecimiento del límite entre lo expreso en la virtualidad y en los actos, entendiendo estos últimos como los plantea Jacques Lacan cuando argumenta que “son simbólicos y sólo pueden atribuirse a sujetos humanos” (Lacan citado por Evans, 1997, p. 30). 

Por tanto, reflexionar qué pasa cuando el sujeto comienza a identificarse con otro dentro del ámbito virtual y pierde el sentido de su responsabilidad subjetiva, es comenzar a abrir la dimensión ética para saber si el campo de códigos binarios que dan forma a la red virtual, posibilita que se inscriba la pregunta en medio del discurso preestablecido que antecede la historia subjetiva: el discurso del Otro.

Para Lebrun, esta forma virtual de vínculo social sustituye la relación maestro-sujeto para establecer una relación saber(acéfalo)-sujeto, es decir, un vínculo en contravención con el orden simbólico, a saber, con la estructura lingüística en tanto que la relación entre la ley y el deseo sea dialéctica: “Si por un lado la ley le pone límites al deseo, es también verdad que, por empezar, ella misma crea el deseo al crear la interdicción” (Evans, 1997, p. 120), por ende, podemos preguntarnos si hay límites entre ese vínculo (saber(acéfalo) - sujeto), límites que tengan por función rasgar el campo del Otro, agujerear el muro del lenguaje binario para que en ese recorte de “la totalidad”, se inscriba una experiencia ética. Singular.

Nombrar el archivo del presente documento hizo que el sistema de códigos irrumpiera mi interacción virtual con el siguiente mensaje: “los nombres de archivo no pueden contener ninguno de los siguientes caracteres […]”, siendo uno de ellos, por como lo muestra el título, el caracter que representa el cierre de la pregunta (“?”). ¿La computadora puede obturar la pregunta?, ¿por qué el nombre de archivo no puede contener ese signo? Conociendo la posible elaboración de respuestas técnicas, es primordial sostener que ese Otro (virtual) ha quedado en evidencia, no es absoluto; en paralelo, sabemos que el aparato del que nos servimos interpreta un comando convirtiéndolo en código al cual tiene que responder. ¿Cómo es esta interacción entonces?, ¿será acaso entre sujeto-máquina o entre comando-código? Giorgio Agamben (1996) propone que el deseo de ser reconocido es inherente al ser humano, y que es “sólo a través del reconocimiento de los otros que el hombre puede constituirse como persona” (p. 67). Entonces, ¿cómo se da ese reconocimiento de los otros dentro de la red virtual? ¿Qué de la subjetividad se expresa y se reconoce en una interacción a través del espacio virtual?

La dimensión ética (cualquiera que sea el ámbito), permite abrir la “perspectiva que toma en cuenta la dimensión del sujeto, la singularidad en situación” (Salomone, p. 52), entonces, ¿qué hizo falta para que evidenciar que el código virtual no es completo y absoluto? Provista de su función incisiva, la pregunta. 

Pensar si el hecho de no escribir el nombre de un archivo con ciertos caracteres obtura la opción de hacer-se pregunta, es ya de por sí buscar un agujero en ese Otro de aparente totalidad, uno desde donde veamos emerger otros. ¿Cómo cuestionar el saber de una época donde la gran mayoría de vinculaciones sociales se hacen a través de los avances tecno-científicos que promulga el discurso de la ciencia? Jean-Pierre Lebrun nos advierte que es preciso agujerear ese “conjunto de saber acéfalo” si se pretende rescatar al sujeto. Lo que de humano se vislumbre entre tanta red.

En El hombre duplicadopor ejemplo, José Saramago no atiende la demanda deontológica de utilizar los signos que una convención estableció para escribir una pregunta; porque la forma correcta de escribirlas, según la RAE desde 1754, es iniciarlas con “¿” y finalizarlas con “?”: así, el discurso académico establece las pautas de cómo el escritor debe escribir sus preguntas excluyendo cualquier intento que no cumpla con estas condiciones, por la simple (¿simple?) razón de que no tendría el estatuto “correctamente” estructurado de una interrogante. Aquí no hay espacio para el ingreso de la singularidad del caso. Pensar en escribir sin reconocer que un código de esta índole tiene sus propios límites, reduce (quizá hasta lo mínimo) la posibilidad de ese acto analítico donde la asociación libre pone en evidencia que ahí, donde la virtualidad no llega y el código no sabe, hay un sujeto que piensa y decide sobre este. No al revés. La ubicación del sujeto del inconsciente toma en cuenta la dimensión de la responsabilidad subjetiva, la letra de Saramago habla al respecto. 

Lo anterior, aunado al título del presente ensayo, muestra que un sistema no admite en su código –gramaticalmente– “cerrar” la pregunta sino que determina –desde el mismo código ahora reconfigurado– cómo se debe nombrar, por lo tanto, es preciso cuestionar si se trata de obturar la falta no por el hecho de nombrar un archivo, sino porque quizá este tipo de “mensajes” –como muchísimos más en la virtualidad– no sitúan (o no piensan) al sujeto del inconsciente: el código no sabe ni escucha el discurso subjetivado de quien hace uso de él. Si no leemos fallas en un discurso que promete totalidad, ¿cómo conocer sus límites? Ignacio Lewkowicz describe la irrupción de una singularidad siempre y cuando esta no pertenezca al universo en que irrumpe:

Podremos hablar de singularidades sólo cuando algo que se presenta hace desfallecer las capacidades clasificatorias de la lengua de la situación, cuando ese algo no se deje contar como un individuo por ninguna de las propiedades discernibles –estructurantes– de la situación” (Fariña, 2010, p. 60).

Hablar de singularidades cuando se navega en la virtualidad se problematiza si se piensan todas esas nuevas versiones del código que llevan por objetivo “optimizar” lo que las preguntas han puesto en evidencia, señalando que lo programado no alcanza. Entonces, ¿qué pasa cuando el sujeto no plantea una pregunta y se aliena a estas actualizaciones? 

En el segundo capítulo de la serie documental Dark Netlas producciones del avance científico son erigidas por las personas como extensiones de su propio cuerpo, específicamente como una oportunidad para “hackear” su propio cuerpo, como si este fuera ya parte del código. La serie muestra a Rob Spence (conocido también como “Eyeborg”), un cineasta de Toronto que tiene uno de sus ojos prostético con una cámara incluida al igual que el “Hombre biónico”, “eso es lo que quiero” –menciona Rob-, quien se vale del vacío en la cavidad de su propio ojo para “introducir ahí la tecnología”, en pos de retratar una experiencia más humana. ¿Parece contradictorio? Más adelante agrega:

Para mí, las actualizaciones son parte de la vida moderna; en mi caso, es satisfactorio poder actualizar lo que es básicamente una oportunidad… Estoy hackeando mi propio cuerpo, lo estoy haciendo de tal forma que espero estar mejorando el código” (Kochavi, 2016, cap. 2).

¿Se trata acaso de actualizarse en datos para que la tecnología sostenga o improvise una mejora de nuestras propias fallas, de lo que de humano aún esté encarnado? Lo que el discurso de la ciencia motoriza es el borramiento de la enunciación y “esta posibilidad de eludir la enunciación e incluso de realizar esta elisión en el momento técnico, llegando hasta desinscribirla, es lo que autorizará el «hacer creer» en la omnipotencia de la ciencia” (Lebrun, 2003, p. 59), entonces, ¿si me identifico con el código soy parte de la omnipotencia que me permite evadir la división? Para Lacan, la enunciación está fundada en el inconsciente, y con la idea de descartar la enunciación se puede pensar que si para el discurso de la ciencia el lenguaje no proviene del Otro, la ciencia sería entonces amo de su propio discurso, incuestionable.

Se puede re-pensar si en la interacción virtual el sujeto asume su responsabilidad subjetiva a partir de lo que se muestra “ahí en la pantalla” por uno de sus propios “clicks”, o “ahí en el aparato” por una de sus propias elecciones, ya que según Freud, “ni si quiera es posible que a uno se le ocurra al azar un nombre propio, pues se verificará siempre que su ocurrencia estuvo comandada por un poderoso complejo de representación” (1906, p. 89). También se puede plantear si ese sujeto obedece (obediencia como ese movimiento sin pausa para pensar y que lo aleja de la hiancia divisoria que plantea la pregunta subjetiva) la oferta de cualquier “pop-up” pasando desapercibida la “advertencia”, la pregunta.

¿El sujeto que hace uso de la web o de los “gadgets” cuestiona la aparente totalidad del Otro virtual? Más allá de cerrar una respuesta, las siguientes palabras de Lebrun permiten plantear otros cuestionamientos:

la lógica de una sociedad marcada por la ciencia es una lógica en la que «la respuesta es la felicidad de la pregunta» […] porque la respuesta que recibimos del otro nos impide proseguir nuestro propio cuestionamiento” (2003, p.102-103).

La demanda del sujeto es la felicidad del Otro en cuanto este último oferta la contención del saber-con-qué-responder, un Otro que simultáneamente desarrolla versiones de esa demanda. Lebrun agrega que esa aparente legitimidad de la ciencia es precisamente lo que funda el vínculo social-virtual, y dicho vínculo cuenta con diversas modalidades de expresarse. Una muestra de ellas, Kochavi (2016) la expone en su serie Dark Net, introduciendo su argumento con las siguientes palabras:

La web nos transforma, nos convertimos en datos, códigos, actualizándonos a nosotros mismos hasta un lugar que llamamos ‘nube’. Pero esta nube está conectada en hardware, un caos de códigos. Pero con las herramientas adecuadas, podemos encontrar la señal en el ruido.” [Traducción del idioma inglés (Opening: voz en off)].

¿Cómo elegir un campo de reflexión ante el enorme (¿ilimitado?) campo de las redes sociales? Pensar el vínculo social-virtual es un inicio para ampliar la pregunta hacia las posibles implicaciones psicosociales que deriven de todas esas elecciones "de un click”. Quizá el campo de códigos binarios tiene su justificación para sostener lo que cuestiono, pero la idea no inició por buscar esos argumentos sino más bien por la producción de cuestionamientos: señales entre lo que en apariencia es sólo ruido.

Si un “recuadro en la pantalla” muestra un intento de obturar la pregunta en tanto establece una marca, una regla, un código para que se cumplan las cosas “como deben de ser” y no como el sujeto desea, ¿cómo asume este la responsabilidad de las consecuencias de sus interacciones virtuales?, ¿se responsabiliza de las consecuencias del “click” donde expuso algo del orden de su deseo?, ¿qué de la subjetividad muestran las publicaciones en redes sociales? Tal vez sean más las interrogantes que las páginas web que existan, pero cuando se trata de la virtualidad dentro de su oferta, ¿hay espacio para la pregunta?


Bibliografía


Agamben, G. (1996). La comunidad que viene. Valencia: Pre-textos.

Evans, D. (1997). Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano. Buenos Aires: Paidós.

Fariña, M. (2010). Un horizonte en quiebra. Buenos Aires. Ed.: Eudeba.

Freud, S. (1906). La indagatoria forense y el psicoanálisis. Obras Completas. Tomo IX. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Freud, S. (2015). El malestar en la cultura. Madrid: Alianza Editorial.

Kochavi, M. (Creador y productor). (2016). Dark Net. [Serie de televisión]. Vocativ: Netflix.

Lebrun, J. (2003). Un mundo sin límite Ensayo para una clínica psicoanalítica de lo social. Barcelona. Ediciones del Serbal.

Salomone, G.; Domínguez, M. (2009). Transmisión de la ética clínica y deontológica Volumen I. Fundamentos. Buenos Aires. Editorial: Letra Viva.




La obra ¿Y el espacio para la pregunta?, escrita por Stanley Chavarría Ramírez, está sujeta a la licencia Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional de Creative Commons




Sugerencia para citar el ensayo:

Chavarría, S. (2020). En Bitacoriazar-Ensayos: ¿Y el espacio para la pregunta?. San José (Costa Rica). Recuperado de: [https://bitacoriazar.blogspot.com/2020/08/Y-el-espacio-para-la-pregunta.html] el .




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