Liminal
“…el mundo externo existe casi
únicamente en función del
drama personal,
como proyección de la
subjetividad.”
Ernesto Sabato
Se rompió desde la última graduación. Nadie en el grupo se preguntó por qué y yo me pregunto por qué tuve que ser yo; porque pasó el tiempo leí excusas en las palabras de mis colegas y me resigné a aceptarlas, no sin cierta incomodidad, claro, porque no era sencillo ser amable cuando un “Hola, ¿qué tal?” y planear una cita, para que a la hora de la llegada me quedara con un “Bueno, ya será otro día”.
Pensé por un tiempo posibilidades de volverlos a ver, tal vez porque los extrañaba o amaba esa extraña forma en que me hacía ver el grupo. Nunca supe muy bien qué hacía permaneciendo dentro de ese grupo, a nadie le interesó nunca hablar de esos temas, preguntarse por ejemplo qué hacía en este o tal lugar. Ahora el momento era casi todo separación, y poco hablaba de convocatoria.
Aunque lo nieguen, las personas saben que estoy encerrado desde que me robaron la libreta donde tenía escrito aquel sueño; no había pasado ni una semana cuando ya era de dominio público, recuerdo que su divulgación fue tan absurda y abrumadora, que existían sitios en internet donde mercadeaban curas para expiar a sus lectores y lectoras de sus “posibles efectos”. Lo que no costearon es que a veces el mismo me visita sin importarle la hora, yo sólo le preparo un café con leche mientras observo que va más o menos así:
No sé con quién, pero planeamos un viaje en caracol. Íbamos en uno que viajaba en la espalda de otro, y advierto que este no es uno de esos sueños donde uno sabe que es un sueño porque sino. La cosa es que después estaba frente a un tobogán en el patio de una escuela primaria: me deslicé sin dudar, y al llegar abajo vi que descendía un rastro de baba que se desviaba hacia el portón de salida de un colegio público. Lo supe por sus baños. En el siguiente parpadeo (si acaso eso es posible hacer en las condiciones actuales), estaba en un lugar que se parecía a un baño público: tenía muchos espejos y me sentí solo, muy solo; como no vi mi reflejo en el cristal saqué mi cédula para buscar algo de mi identidad y me di cuenta que tenía la cara gastada.
En un momento de pausa, de los espejos brotaron luces incandescentes proyectando sobre la pared un vitral de imágenes de mí, o algo parecido a figuras que yo podía llegar a ser si así lo deseaba. No hubo espacio para detallar porque casi de inmediato vi entrar una silueta de neblina que empezó a quebrar los espejos, empleando solamente una chapa de cerveza con un hueco en el centro. Uno por uno en agonía cayeron los cristales, y escuchando detrás el sonido típico que hacen al romperse, atravesé la puerta que entre tanta proyección lumínica había quedado entreabierta.
Al principio me pareció que desperté porque sonó el teléfono (una llamada de Julián, creo), al colgar, noté que estaba temblando y sobre la cama había un charco de sudor que estaba tibio.
Ese día, la bruma se me escurrió en la cabeza después de haber escrito el sueño por primera vez, desde entonces, cada noche recuerdo el ruido repetido del teléfono como también que fue Julián y que no me saludó: no me hizo una invitación cualquiera y me dolió que pareciera entusiasmado, sobre todo cuando le pregunté a qué se refería con invitarme a una conmemoración de Ajeno pero sin él y donde todos íbamos a estar.
Yo no tenía la mirada perdida cuando me preguntaron por Ajeno ―como se dejan decir algunos―, la tuve fija en el reloj que se agarraba del clavo en la pared cuando comencé a sentir que de verdad le podía dar cuerda a mi antojo, y que en ese vaivén de las agujas me atravesaba el mismo imán que me llevó hasta la reunión de esa noche. No me creyeron, y encima no quisieron desviar su linterna de mis ojos.
Gran parte de la población mundial creyó ideas de mí viendo las noticias locales, sobre todo las que se transmiten en una ida a la pulpería; después, transcurrieron varios meses escuchando personas sin cara ni nombre hablar de mi sueño como si lo hubieran soñado. Y entonces me entero que tengo el trastorno tal porque en el sueño escribí que, qué cosas dicen sin saber, quizá no escuchan su alrededor, ni qué decir de lo que tienen más cerca porque no leen para conocer la autoría de la obra, sea esta un árbol o un libro, sino para tener algo qué decir, casi lo que sea, y cuando lo hacen resulta ser que no han dicho algo distinto a la repetición.
“¿Que quiénes vamos a ir?”, recuerdo que respondió Julián, “Vamos todos los conocidos, ojalá usted pueda estar también. Anímese, que no ha pasado nada”. Cuando terminó de decirlas quedé sordo de su voz a merced de la incertidumbre, el silencio me envolvió y creo que el reloj se fumó varios minutos porque hasta que dije que aceptaba la invitación y le pregunté si podía pasar por mí, volví a escuchar su respiración mientras decía que estaba bien y que faltando quince para las diez.
Lo esperé hasta que llegó y estuve ese rato preguntándole a la hora cuánto le faltaba para que fuera, porque a veces durante el mientras germino la semilla que busco o invento sin haber sabido, lo que me acerca a la naturaleza de lo que vivo, del detalle detenido o suspendido en el aire, no como mencionan las casas farmacéuticas para mercadear sus químicos y traficar con sus colaboradores, que escriben a través de sus columnas de opinión cosas como que no pude terminar la llamada con Julián de inmediato por un “exceso de residuos desconocidos” en mi organismo. A ustedes les quiero decir que espero que encuentren este escrito, que lo lean y cuando lo hagan, sepan que lo supe porque me lo dijo alguien en los 60 minutos de visita.
Para sentir un poco más de claridad al hablar de este tema, quiero agregar que Julián y yo terminamos de hablar porque le pedí que lo hiciéramos así, estaba temblando y tenía frío, mi oreja estaba adherida al auricular y la mitad de mi cuerpo estaba encorvado hacia el lado contrario del teléfono, de modo que el cable simulaba estar ahorcándome, y lo digo así porque esa fue la imagen cognitiva que las farmacias imprimieron en sus lonas. Y es que eso empieza así lo digo por experiencia vivida y escuchada, se codifica en el laboratorio una idea al principio y de ahí mismo emergen los efectos que ellos mismos acostumbran llamar secundarios.
“Una reunión sin Ajeno...”, había dicho Julián, ¿o fueron otras sus palabras y soy yo quien lo dice así? La cosa es que esa fue la fotografía que me dejó paralizado en la cama por un par de semanas, mi cabeza se convirtió en el negativo con el que pude revelar otra donde pude elegir, como en la Tierra de la Infancia, ser lo que se desea ser y serlo de inmediato, entonces ser un parpadeo pero no uno cualquiera, sino el que se quedara quieto sin decirme lo que creo que está pasando.
En una ocasión me quedé dormido después de contarme otras versiones de la conversación con Julián, hasta pasadas varias horas entendí que esto de las distancias tiene mucho de espiral. Por ahora, el diálogo de las lechuzas apacigua mis mareas y me ayuda a creer que aún se puede sostener a través de un relato, que el miedo a desaparecer es pasajero y que entre ellos está también el que las pastillas o el desayuno me borren el recuerdo, que no alcance a contarle a alguien que con Ajeno una vez casi.
No sé qué decir cuando tan poco he comprendido de lo que inunda y vacía mi calma, de los períodos donde veía al caminar sólo porque sí con mayor práctica y menos teoría, de las decisiones que tienen su incisión en el borde de las dudas, agujereando la esperanza sin que duela tanto. Al final intuyo que el acercamiento fue lo suficiente y que acaso las palabras me abandonan justo ahora, cuando perciben que me alegro al escribir que Ajeno está muerto.
La obra Liminal, escrita por Stanley Chavarría Ramírez, está sujeta a la licencia Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional de Creative Commons.
Sugerencia para citar el escrito:
Chavarría, S. (2020). En Bitacoriazar-Ficciones: Liminal. San José (Costa Rica). Recuperado de: [https://bitacoriazar.blogspot.com/2020/11/liminal.html] el .
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