De regreso hacia adelante
Otra vez hablándose usted antes de comer, es cierto
pero sólo porque las cosas me comenzaron a parecer extrañas desde que el
camarero espera mi respuesta no sé desde cuándo, yo sigo esperando que algo
pase pero resulta en vano, ¿qué ha de pasar si nadie está escribiendo lo que
sigue?, lo único de lo que estoy seguro es de estar en una pausa voluntaria.
Pocas veces le he dedicado tiempo al tiempo como
esta vez, cuando se trata de un recuerdo impreso e impreciso de hace no muchos
años, cuando regresaba yo del internamiento que no quiero detallar: estaba en el patio de juego o lo que Ponchito
solía llamar talega porque decía que ahí podía guardar lo que encontraba
enterrado por aquí o por allá; estábamos mejengueando y no olvido que era sobre
piedrecitas y que los postes de las canchas eran fingidos por tubos de metal
incrustados en el centro de una pieza de cemento, que a su vez, estaba dentro
de una llanta para carro; todavía no entiendo por qué, pero un compañero que también
disfrutaba aquellos veinte minutos de esparcimiento encontró divertido romperme
la frente con uno de los marcos de fútbol.
La última imagen que recuerdo en aquel lugar donde
tantas veces nos divertimos Ponchito y yo está oscura con lapsos de todo negro,
aquella persona de la cual aún hoy no sé cómo se llama, permanecía tendida inmóvil
sobre el áspero terreno de juego mientras yo me alejaba mirándola como a lo que
no hicimos y deseamos revertir de algún modo. Al principio sentí miedo porque ignoraba
lo que pasaría luego, pero recordé que así fue de la infancia al siguiente
salto en la rayuela, entonces vino el espanto original al darme cuenta que definitivamente
no recordaba lo que había hecho, lo que había registrado en el papiro de ese
día, a esa hora.
Cuando desperté, o más bien, lo siguiente que
recuerdo fue estar preparándome para dormir diciéndome que al día siguiente
sería el traslado y aquel evento no sería impedimento, así pasaron varias
horas, “… que no deja dormir, haga silencio”, me decían el Flaco Angulo y la
Negra Ceci desde el otro lado de la cama, de acuerdo, contesté, mañana lo pongo
en su mesita de noche apenas lo termine. Y así fue, de palabra y de hecho, ni
siquiera hubo espacio para despedidas o rodeos porque cuando abrí los ojos vi que
estaban frente a mi cama como esperándolo, me escudriñaban como buscándolo en
alguna parte hasta convertir mi cuerpo en una especie de imán que me condujo a revisar
por mi cuenta…
No pude encontrar aunque fuese una pieza de metal
que me dijera algo, lo que sea para ayudarme a salir de ahí con menos
incertidumbre y con el silencio intacto; sin embargo, como yo sabía que ninguno
-excepto Ponchito- atendería alguna de mis consultas, le hice señas para que me
siguiera hasta el baño.
¿Y a esos dos qué les pasa?, le pregunté cuando
cerró la puerta, primero piden mi traslado irrevocable y ahora me escudriñan
como si portara la verdad de sus dudas, calma Loyd, me repitió varias veces
antes de continuar diciendo “ya sabes cómo son”, ¿cómo?, le pregunté, así como
son contigo cada vez que haces eso, ¿pero qué fue lo que hice? Espera… escucho
algo en el corredor y parece que se acerca… Es nada, ¿entonces me vas a decir
qué hice ayer?, pasó eso precisamente y nada más, Loyd, matiza este momento
diferente además, no entiendo por qué ahora te empeñas tanto por saber si
siempre lo has hecho así, ahora dime, ¿desde cuándo te importa tanto preservar recuerdos?
Quizá tengas razón en cierto modo, le dije mientras
lo veía verme fijamente sin parpadear hasta que haciéndole el mismo gesto
agregué, y lo siento si parezco desesperado, lo que pasa es que hay tanto que
no recuerdo últimamente que tiendo a caerme en ese cauce de dudas, a veces
quiero o siento una incómoda necesidad de poner la foto que falta en ese
espacio del álbum que todavía no encuentro pero sé que ahí está. Entiendo, pero
recuerda lo que dijo tío Frank un día de siembra en la huerta, “muchas veces
estando en pleno organizar, no encontramos ni siquiera el álbum”. Me hace bien
cuando la memoria le encuentra de buen humor, Ponchito, ya mejor dejemos acá y
nos vemos luego porque sino me deja el bus.
Viajando, vi que el ambiente que desde hacía dos
días era azotado por el rumor del “interno trasladado”, se convirtió de repente
en una especie de embudo donde los murmullos de la calle se filtraban
precariamente nítidos como para poder entenderlos y descifrarlos, como para
darme cuenta entre tanta legua qué era, por fin, lo que yo había hecho para
causar tales reacciones desde buenas horas de la mañana.
“¿A este le habrán dicho lo que hizo ayer?”, preguntaron
dos ojos y una ceja desde el espejo retrovisor, no conozco a la persona que
quiera hacerlo todavía y dudo que usted quiera serla, quise replicar inmediatamente
pero dudé hasta no hacerlo por miedo a que el conductor pensara que tengo
capacidad natural para acertar el pensamiento de los otros o algo así; ya después
de un tramo considerable para reflexionar, finalmente decidí preguntarle si nos
podíamos detener porque quería vomitar, “estaba esperando que lo pidiera”,
respondió frenando bruscamente, no quiero que el jefe me regañe.
Estando abajo con los pies sobre la tierra, pude ver
que aquel temor de hace un rato se había quedado atrás porque ninguna persona tenía
de compañía. Solo entonces, comencé a liberarme.
Me enjuagaba el sabor cuando vi que Ponchito se
estaba bajando de un carro particular, luego caminó despacio hasta donde yo
estaba y me dijo que a él también le habían aprobado el traslado y como no
quedaban viajes programados podía subir a cualquier carro que él quisiera, “…
entonces cuando vi el bus estacionado le dije que se detuviera y aquí me
tienes, cuéntame, ¿qué pasó?..”, pues ahora no tengo otra idea que la de calmar
el hambre, qué rico comer algo, en serio, ¿será que allá hay comida?, no tengo idea
porque la negra y el flaco encontraron mi baúl y rompieron los papeles donde tenía
esa información, desgraciados esos, sí es cierto, les hizo falta gracia durante
la convivencia, ya sabes que esta conlleva la creación y así con cada paso pero
no se puede andar por la vida acompañando u obligando a quien no quiere cambiar
o hacer algo por ello, ya sabes de qué se trata, ahora vámonos que el asiento se
está enfriando.
Había sido por entonces la época de las fiestas y
las esperanzas, donde el instante de lucidez no abunda en la agenda personal y
cede ante cualquier postor la tarea de decidir sobre el paso siguiente; por
nuestra parte, escogimos un lugar digno para viajar hasta allá: teníamos a
disposición la única ventanilla funcional, filtro entre nosotros y el viento, también
dedicamos tiempo en pensar dónde poner las cosas para no tener que estar de
panópticos.
Estando instalado y llevándose un bocado a la boca me
dice Ponchito, “tome para que coma alguito, no es mucho pero podemos aguantar
de aquí hasta allá”. Y satisfecha la necesidad respirando muy despacio descansamos
la vista hasta quedar dormidos; más adelante el olor de las hierbas me despertó
y con cierta alegría de porvenir noté que estábamos entrando en nuestro próximo
paraje. No sé por qué desdicha pero la emoción duró poco. Desde que llegamos lo
sentí como lejano a Ponchito y aquí es donde el relato se me hace piedra en el
pecho porque al principio quise creer que como sucede cuando saltamos al río o
movemos los muebles de la sala, se trataba de un comportamiento natural
entonces el cambio sería consecuente, pero esta vez el resultado fue distinto y
al no ver ánimos de colaborar, sin éxito estipulé y hasta sostuve teorías que planteaban
que el transcurso de las horas traería por sí mismo el cambio de la situación,
otra perspectiva de Ponchito hacia el nuevo espacio que habitábamos.
En esta ocasión no, ninguna idea fue lo que intuí que
valdría para Ponchito, luego dejé de verlo en las caminatas matutinas y así se
fueron borrando mis noticias de él. Hace poco escuché que murió pero no le creo
a esos discursos porque no coinciden ni en versiones ni porqués... Señor… Señor
Loyd, dijo una voz con tono amable y frontal, le pregunté qué quiere comer. Lo
que Ponchito, respondí.
La obra De regreso hacia adelante, escrita por Stanley Chavarría Ramírez, está sujeta a la licencia Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional de Creative Commons.
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